Colaboraciones en la salsa


En primer lugar quiero decir, amigo Antonio, que es para mí un honor poder colaborar en tu web y me ha alegrado enormemente que cuentes conmigo para sacar adelante este proyecto.

Son muchas y muy numerosas las razones que tengo para agradecerte lo que por mí has hecho.

La primera vez que bailé una salsa, hace ya cerca de 9 años, pensé que aquel era un baile infernal, obra de Satán. Y eso que yo aún era un alma inocente y no conocía la bachata ni mucho menos la kizomba.

Y más adelante, la primera vez que te vi, pensé que tú eras un error, un elemento decorativo equivocado, una abstracción del mistake.

Pues no: tú eras ese profesor de salsa que me haría comprender en poco tiempo que la libertad también puede ser una forma de vida y que el amor –junto a internet y los Reyes Magos- son todos ellos los padres.

Lástima que las madres no jueguen ningún papel en el justo orden del universo. Al menos no habría marañas de polvo detrás de las puertas ni en los pasillos.

Me pides que escriba unas palabras sobre mi sentir, sobre mi experiencia, sobre el yo visto desde la perspectiva del nosotros. ¿Y qué decir ante semejante maestro, querido amigo? ¿Acaso caben palabras cuando la maravilla y el poder de la tierra se ponen ante tus ojos y te deslumbran como mil soles luminosos de Plutón?

Sólo tengo, insisto, palabras de agradecimiento, tales como gracias y muchas gracias, y no sabría qué mas decir.

Eso no significa que no sea capaz de decirte lo que pienso ni lo que siento en cada instante en que me traspasa el afilado brillo de tus ojos negros.

Tú eres hijo de sultanes, biznieto de faraones, concubino de zíngaros de piel aceituna.

Tú viniste a mi orilla y yo fui la ola que lamió a borbotones cada grano de arena de tu playa.

¿Y tú me pides que lo diga y colabore? Colaboración eres tú, pupilo.